Los Alimentos Como Fruto De La Paz:
Ruptura De Los Vínculos Entre El Conflicto Y El Hambre
Ellen Messer, Marc J. Cohen y Jashinta D'Costa
La creación de un mundo sin hambre en el siglo XXI exigirá prevención y resolución de los conflictos violentos y un esfuerzo concertado para reconstruir las sociedades destruidas por la guerra. Entre 1970 y 1990, los conflictos violentos causaron hambre y redujeron la producción alimentaria y el crecimiento económico en 43 países en desarrollo. Sin embargo, también sucede lo contrario: el hambre y la falta de acceso a medios para atender las necesidades básicas suelen ser la raíz de conflictos violentos.
En el decenio de 1990 proliferaron complejas emergencias humanitarias como resultado de varios conflictos. Ya en 1996, las hostilidades entre los grupos armados y sus secuelas expusieron a 80 millones de personas al riesgo de sufrir hambre, incluso a 23 millones de refugiados, 27 millones de desplazados dentro de su propio país y 30 millones de efectivos atrapados dentro de zonas de combate. La resolución de las hostilidades y la recuperación de las pérdidas agrícolas y económicas conexas revisten importancia crítica para mejorar las perspectivas en materia de agricultura y desarrollo humano en el siglo XXI. La prevención de conflictos también debe ser una meta de los programas de desarrollo y asistencia en situaciones de emergencia.
VÍNCULOS DEL CONFLICTO CON EL HAMBRE
El conflicto destruye la tierra, el agua y los recursos biológicos y sociales para la producción alimentaria, en tanto que el gasto en operaciones militares reduce la inversión en salud, educación, agricultura y protección ambiental. El conflicto causa inseguridad alimentaria por medio de actos deliberados como el sitio de las ciudades, la usurpación de los bienes de las víctimas, la destrucción de los mercados, la eliminación de la atención de salud y la desintegración de las comunidades. Otras consecuencias de la guerra son menos intencionales: la gente, incluso los agricultores y pastores, pierden sus medios de vida cuando el lugar de trabajo se hace inaccesible. Una vez terminado el conflicto, es preciso retirar las minas enterradas, reacondicionar los sistemas de abastecimiento de agua, volver a sembrar árboles, reconstruir las viviendas y revitalizar las comunidades. Sin los alimentos y la infraestructura indispensables, la frágil paz alcanzada puede volver a convertirse en conflicto con facilidad.
Las «guerras de alimentos», definidas aquí como un concepto que comprende el uso del hambre como arma o el hambre producida después de un conflicto destructivo, se citan como causas de la hambruna de los decenios de 1980 y 1990 en África y de la subproducción e inseguridad alimentaria permanentes y la existencia de economías carentes de recursos con posterioridad a los conflictos ocurridos en África, Asia y América Latina.
Una metodología que tiene por fin determinar las diferencias entre la producción alimentaria en años de paz y de guerra indica una estrecha relación entre el conflicto y la baja de la producción de alimentos per cápita en África al Sur del Sahara entre 1970 y 1993. Eso muestra que los países afectados por conflicto produjeron, en promedio, 12,4% menos alimentos per cápita en años de guerra que en tiempo de paz. La comparación de las tendencias observadas en tiempo de guerra y «ajustadas con respecto a la paz» muestra que, desde 1980, la paz habría agregado de 2 a 5% a la producción alimentaria per cápita anual de África. En los años noventa, la guerra redujo la producción alimentaria per cápita de 3,9 a 5,3% (véase la figura 1).
VÍNCULOS DEL HAMBRE CON EL CONFLICTO
La inseguridad alimentaria y económica y la escasez de recursos naturales—tanto reales como percibidas—también pueden ser importantes fuentes de conflicto. Cuando los grupos con predominio político se apoderan de la tierra y de los recursos alimentarios, niegan acceso a los grupos marginados por razones políticas o económicas y causan hambre y escasez, estalla la violencia. En Etiopía, Rwanda y el Sudán, las crisis alimentarias ocasionadas por la escasez y la mala administración de la agricultura y de la ayuda para socorro y desarrollo produjeron rebelión y colapso del gobierno, seguidos de escasez de alimentos aún mayor en los años de conflicto ulteriores. La denegación del derecho a los alimentos se ha vinculado a disturbios y guerra civil en América Central y México. La inseguridad alimentaria es también parte integrante de los conflictos civiles ocurridos en Asia. La competencia por recursos ha creado ciclos de hambre y desesperanza productores de violencia en Sri Lanka y Rwanda.
Desde el decenio de los años ochenta, las organizaciones de ayuda han llevado alimentos a las zonas de conflicto para evitar la muerte por hambruna de los no combatientes. Por desgracia, los combatientes suelen apropiarse de la ayuda alimentaria y emplearla para recompensar a sus seguidores, hacer pasar hambre a sus adversarios y mantener vivo el conflicto. El desafío está en prestar ayuda que salve vidas y renueve la capacidad productiva sin exacerbar más peleas.
Por ejemplo, en la región meridional del Sudán, las fuerzas del orden público y las de la oposición han empleado los alimentos y el hambre como armas de control del territorio y de la población. Los grupos armados se han apropiado de la ayuda alimentaria. En 1998, 2,6 millones de personas necesitaron ayuda alimentaria de emergencia y una tercera parte de la población infantil del país estaba malnutrida. Los intereses islámicos árabes en la región septentrional rivalizan con los de los animistas negros y los cristianos de la región meridional en una prolongada lucha por la tierra fértil, el agua y el petróleo, además del corazón y la mente de la población del sur.
VÍNCULO DEL SOCORRO CON EL DESARROLLO Y LA PAZ
La ruptura de los vínculos entre el hambre y el conflicto debe convertirse en una meta de política alimentaria, agrícola, ambiental y de desarrollo económico. Para la comunidad internacional eso entrañará mayor atención al alivio de la inseguridad alimentaria que pueda causar conflicto; prestación de ayuda para el desarrollo de una forma que evite la competencia conducente a conflicto; distribución de ayuda alimentaria esencial de forma que no prolongue el conflicto; y atención especial a la asistencia para reconstrucción.
En 1996, se destinaron 10 centavos de cada dólar de ayuda a atención de emergencias; al mismo tiempo, la asistencia oficial para el desarrollo había disminuido 15% desde 1991. Eso significa que hay menos recursos para inversiones en bienestar humano—incluso atención primaria de salud, agua limpia, saneamiento, educación, investigación agrícola, restauración del medio ambiente y seguridad alimentaria—que podrían ayudar a prevenir conflictos.
Para resolver ese dilema, las autoridades de asistencia se han concentrado en la ayuda que vincula el socorro con el desarrollo, lo que redunda en crecimiento económico a largo plazo y evita la necesidad de más ayuda en el futuro. Pero el socorro en situaciones de emergencia también debe incluir mitigación de conflictos siempre que sea posible. Una vez terminado el conflicto, los organismos de ayuda necesitan hacer participar a las comunidades afectadas en la transformación de programas humanitarios en actividades de reconstrucción y desarrollo. La ayuda debe proporcionar incentivos para cooperación entre grupos, en lugar de reforzar la competencia conducente a la violencia en un principio y, cuando proceda, debe hacer uso de las estructuras sociales y los mecanismos de resolución de conflictos tradicionales.
Por ejemplo, después del conflicto, Eritrea ha establecido un ambicioso plan de reconstrucción. Las tropas desmovilizadas y los refugiados que regresan reciben crédito y formación para actividades de reconstrucción y generación de ingresos. Se suele pagar a los trabajadores con ayuda alimentaria. Pero los costos administrativos son elevados y las restricciones financieras, graves y el gobierno no ha sido constante en la formación de asociaciones con las comunidades para diseño y ejecución de proyectos.
RECOMENDACIONES SOBRE POLÍTICA Y OTRAS INVESTIGACIONES
Es indispensable incluir la prevención de conflictos en las actividades de seguridad alimentaria y desarrollo y vincular la seguridad alimentaria y el desarrollo económico al socorro. Los ahorros hechos al evitar conflictos deben calcularse como «rendimientos» de la ayuda. La asistencia humanitaria debe incluir componentes de desarrollo agrícola y rural que conduzcan a formas de vida seguras y permitan construir sistemas sociales y agrícolas sostenibles, como sistemas eficientes de aprovechamiento de agua, diversidad biológica en la selección de semillas y participación de la comunidad. Esa nueva forma de pensar determinaría las nuevas políticas.
- Los organismos oficiales de ayuda y las organizaciones no gubernamentales, junto con los gobiernos y comunidades de los países en desarrollo, deben establecer sistemas de alerta anticipada de conflictos que incorporen factores sociales, culturales, políticos y económicos.
- El socorro y la asistencia para el desarrollo en las zonas de conflicto en ciernes, activo y pasado deben llegar a la población civil más vulnerable y fomentar un desarrollo pacífico.
- Es preciso que los organismos de ayuda trabajen con hombres y mujeres en las comunidades afectadas para buscar semillas apropiadas, herramientas, formas de organización laboral, sistemas de aprovechamiento de tierra y agua y vínculos con organismos gubernamentales y mercados para rehabilitar la producción agrícola y ampliar la capacidad local para aliviar el hambre y evitar el conflicto.
- La ayuda debe darse de una forma que exija responsabilidad a los proveedores para que llegue a la población más necesitada.
- En los programas públicos de planificación y ayuda conviene determinar si las políticas promoverán la paz y evaluar su posible efecto en la seguridad alimentaria, la equidad y el alivio de la pobreza.
Las investigaciones de apoyo deben señalar las causas inmediatas y subyacentes del conflicto, los principales indicadores de alerta anticipada y la dinámica social, política y económica que puede fomentar el cambio pacífico en las zonas carentes de recursos. También se necesita investigación sobre los grupos locales emergentes con los cuales podrían los planificadores del desarrollo encontrar estrategias para vigilar la prevención y resolución de conflictos y la reconstrucción, como también sobre la forma de integrar la ordenación sostenible de los recursos naturales con la seguridad alimentaria y de los medios de vida para las poblaciones propensas a conflictos en las esferas local, nacional y regional.
Existe una clara relación entre el conflicto, la subproducción agrícola, la inseguridad alimentaria y la escasez de recursos naturales. Un marco hipotético favorable a la alimentación, a la agricultura y al medio ambiente en año 2020 dependerá de la protección de la paz donde el conflicto sea inminente, del logro de la paz donde sea activo y del sostenimiento de la paz donde haya cesado.
Ellen Messer es antropóloga del Instituto Watson de Estudios Internacionales de la Universidad de Brown y ex directora del Programa Mundial del Hambre. Marc J. Cohen es ayudante especial del director general del Instituto Internacional de Investigaciones sobre Políticas Alimentarias. Jashinta D’Costa es especialista asociada en seguridad alimentaria de Save the Children Federation/EE.UU.
Este resumen se basa en el documento de trabajo No. 24 del mismo título, que forma parte de la serie de la visión 2020.